lunes, 20 de agosto de 2012

Better together


Quisiera aprender a quedarme en silencio, a no escribir una sola palabra de más, y si fuese posible también, aprender a esfumarme. Me gustaría saber cómo darte el tiempo de que olvides todo lo que hago mal, una y otra vez, y vuelvas a extrañarme y a tener esas ganas locas que a veces te surgen de verme. Quisiera poder hacer algún truco para que el tiempo vuelva atrás, a ese exacto momento en que dormíamos abrazados, por ejemplo, y afuera llovía y no había ningún pensamiento absurdo dándome vueltas por la cabeza. Congelar ese momento en el que sentí que todo era perfecto. Quisiera cerrar los ojos y volver a sentir tu mano en mi cintura, hacerte cosquillas hasta que te enojes y que me cuentes de nuevo cosas ridículas que me hagan reír. Quisiera también alguna tarde de té para dos, alguna noche de cine y pochoclo, alguna despedida con abrazos incómodos en el auto y un "te quiero" dicho bien bajito para que no te asustes. 

Debe haber alguna manera de volver ahí; yo aún no la encuentro. Sólo sé que esto a veces simplemente sucede...

Hay muchas cosas que no sé, muchas cosas que no entiendo y sé que eso también es algo que compartimos.  Pero aquí estoy, sintiendo que todo es mejor cuando estamos juntos, como dice la canción que te gusta. Y me siento a escribir y me preparo para extrañarte, hasta que podamos encontrar la manera de volver al lugar que más nos gusta.



domingo, 8 de julio de 2012

Según pasan los años



Me acuerdo que estábamos sentados en el suelo, como casi siempre en esa época. Apoyados contra alguna pared, con las piernas estiradas, nos mirábamos de reojo y sonreíamos mientras su pie jugaba con el mío. De la nada él preguntó: ¿querés ser mi novia? Yo le dije que sí y eso fue todo. A partir de ese momento no tengo idea qué pasó. Se detuvo el tiempo tal vez. No sé cómo habrá sido aquel noviazgo a mis cuatro años, y honestamente no me interesa. Por aquel entonces el amor parecía ser algo bastante simple y alegre, y era absolutamente imposible pensarlo de alguna otra manera. 

Más tarde ya dejó de ser tan simple, pero aún era alegre. Teníamos siete y él tenía un flequillo rubio y unos dientes desparejos que para mí lo hacían el más especial de todos. Vino a buscarme a casa un Sábado de sol por la mañana y fuimos juntos hasta la plaza de la esquina. La conversación fue seria y breve, y aún hoy sigo pensando que su sonrisa de dientes desparejos y sus ocurrencias lo hacen ser un tipo especial. No pensaba entonces en qué pasaría después, como resultaría todo el día que dejáramos de querernos o cosas por el estilo. Extraño esos días.

A mis doce llegó el primer beso. Lo postergué durante meses. Finalmente un mediodía a la salida de la escuela, tomándolo por sorpresa (y más para sacarme el tema de encima que porque realmente quisiera) le dí un beso rápido en la boca y corrí media cuadra sin siquiera darme vuelta. Las cosas empezaban a cambiar, yo ya lo sabía.

Durante la adolescencia, se sucedieron en mi vida una serie de amores platónicos. Pasé gran parte de esta etapa de mi vida escribiendo cartas para algunos muchachos, cartas que a veces enviaba de manera anónima, por supuesto, y otras que guardaba en alguna cajita forrada con papel de revista. Ellos, que fueron varios, no tenían idea de las horas que pasaba pensando en cada uno, eligiendo las canciones que grababa de la radio en un cassette para luego volver a escuchar y seguir pensando en ellos. Ya el amor no me resultaba algo tan simple, ni tan alegre. Se había vuelto algo que debía esconderse, y que me sumía en un estado melancólico del que no podía salir casi nunca. Fue una época en que suspiraba mucho, lloraba bastante y casi nunca sabía por qué. 

A partir de aquí, lo complicado. Y no sé ni cómo ni cuándo, pero el amor empezó a doler y a complicarse demasiado. Elegirte, que me elijas, mirarnos, ver qué onda. Jugar un poco el juego del cual todavía no sabía las reglas, pero resulta que ya era yo una adulta y tuve que aprender. Pero no aprendí, me parece. Una seguidilla de decisiones equivocadas, de no saber qué hacer, de ir y venir por los lugares y las personas menos pensadas. Amores lindos, a primera vista, cortitos, intensos, pesados como el verano. Amores de mierda, de esos que todavía trato de olvidar, de esos que me tiraron en la cama a llorar y me quitaron las ganas de respirar.

Después quise dejar de sufrir, y me inventé que el amor era tener un marido, una casa y un perro. Y así fue durante un tiempo. Tuve un marido, una casa, un perro. Pero de amor ni hablar. Ahí me dí cuenta de que estar acompañado no significa estar enamorado, y que no se puede inventar lo que simplemente no es. 

Hoy no tengo idea de qué es el amor o estar enamorado. Tampoco tengo ganas de pensar en eso cuando sé que no voy a encontrar una respuesta. Yo sólo sé que hoy tengo ganas de verte a vos. Y que cuando nos vemos y vos me abrazás, ese es el momento en que quisiera que se detuviera el tiempo. Porque todo parece simple y alegre, y es casi imposible pensarlo de otra manera. 




domingo, 10 de junio de 2012

Iguales pero diferentes





Hace tiempo que guardo estos dos textos en un borrador. Son los fragmentos finales de dos películas que hablan, de diferente forma, del desamor... o quizás no, no lo sé. Una de ellas, con un enfoque netamente femenino; la otra, desde el punto de vista de un hombre.

Los traduje, de la forma más precisa que pude. Hasta ahora no los había publicado porque cada vez que los abría pensaba que era necesario que escribiera algo acerca de ellos. Pero también, cada vez que lo hago, me doy cuenta de que no hay nada que pueda agregar. Y cada vez vuelvo a sentir lo mismo: un poco de desconcierto y algo de frustración.

La premisa es simple pero difícil de aceptar: somos diferentes, sentimos diferente, pensamos diferente. Aunque al final de cuentas, estemos hablando de lo mismo.


“A las chicas nos enseñan muchas cosas a medida que crecemos: si un chico te golpea, es porque le gustas; nunca recortes tu propio flequillo, y algún día vas a conocer a un muchacho maravilloso y tendrás tu propio final feliz. Cada película que vemos, cada historia que nos cuentan nos dice que debemos esperar por ello: el giro del tercer acto, la declaración de amor inesperada, la excepción a la regla. Pero a veces estamos tan ocupadas buscando nuestro final feliz que no sabemos leer las señales. Como diferenciar a aquellos que nos quieren de aquellos que no, a aquellos que se quedaran de aquellos que se irán. Y quizás, nuestro final feliz no incluya a un muchacho, quizás solo se trate de una, sola, levantando los pedazos y empezando de nuevo, liberándote para algo mejor en el futuro. Quizás el final feliz sea simplemente esto: saber que a pesar de todas las llamadas que no te respondieron y los corazones rotos, de las confusiones y las señales que leíste mal, a pesar del dolor y la vergüenza... nunca pierdes la esperanza.”

He’s just not that into you (2009)


“Yo se los advertí a todas desde el principio. Siempre les dije algo como: "Debo decirte que traigo una etiqueta de advertencia invisible pegada a mí. No me comprometo. Nunca lo haré." A pesar de todos mis esfuerzos, estoy empezando a sentir algunas grietas en mi acabado. Cuando miro hacia atrás en mi pequeña vida, y pienso en todas las mujeres que conocí... No puedo evitar pensar en todo lo que hicieron por mí y en lo poco que he hecho yo por ellas. En cómo me cuidaron, y se ocuparon de mí... y yo les pagué no devolviéndoles nunca el favor. Solía pensar que yo me llevaba la mejor parte. Pero, ¿qué tengo realmente? Algo de dinero en mi bolsillo. Buena ropa. Un auto lujoso a mi disposición. Soy soltero. Sin compromisos. Libre como un pájaro. No dependo de nadie y nadie depende de mí. Mi vida es mía. Pero no tengo paz mental. Y si no tienes eso, no tienes nada. Así que: ¿cual es la respuesta? Eso es lo que me sigo preguntando. ¿De qué se trata todo? ¿Sabes a qué me refiero?”

Alfie (2004)




lunes, 4 de junio de 2012

Tea for two

Podemos tomar  el té y puedo llevar brownies adivinando que te gustan.
Podemos mirar el partido y sufrir por River Plate, como es tu costumbre, mientras cambiamos el té por el mate, y te quejás porque le puse azúcar...
Más tarde podemos hablar acaloradamente sobre nuestras diferencias políticas e ideológicas aunque vos digas que en política no existen las ideologías y te indignes con mi frase que afirma que "el fin justifica los medios" (y no precisamente los hegemónicos).
Podés pedirme permiso y abrazarme, y yo voy a dejar que lo hagas porque sabés que me gusta. Y también voy a consentir que me robes un beso, o dos, o varios.
Podemos quedarnos dormidos en el sillón más incómodo del mundo sintiendo que es el mejor. Y hasta puedo tolerar ver tu programa preferido de los Domingos a la noche, y reírme de las críticas más duras asumiendo que algo de certero tienen.
Podemos hablarnos, mirarnos, sentirnos y hasta hacernos algunas preguntas... pero no demasiadas. Y hasta puedo leerte la  mente si me lo propongo. Sabé que tus ojos hablan, y acabo de descubrirlo.
Te hago una invitación, aún sabiendo que podrías rechazarla. Podemos encontrarnos compartiendo algo más cada vez, dejando que todo eso que se movilizó nos siga animando.
Y podés volver a invitarme a que me quede con vos, es probable que esta vez diga que sí. Siempre y cuando haya un té como el de ayer, un día no muy lejano.




sábado, 21 de abril de 2012

Give up



Si tuviera que decir que es lo que mas me gusta de vos, diría seguramente que tu pelo, tu altura y tus manos. Luego vendrían tu forma de caminar, los lunares de tu espalda y tu piel, toda. No quisiera olvidarme de tus brazos largos, ni de tus piernas, ni de la forma en que te ponés colorado cuando algo te da vergüenza. También debería mencionar tu delgadez y tu forma de hablar, a veces inentendible, pero siempre correcta.

El punto es que te recuerdo de memoria, parte por parte y con todos los sentidos. Podría jurar que tengo impregnado tu olor y  que siento el gusto de tus besos. Debe ser que tuve tiempo suficiente de aprenderte así de a pedacitos, pero finalmente todo entero. 

Te aparecés en mis sueños, en los de día y en los de noche. A veces caminamos sobre un colchón de hojas marrones que crujen mientras pasamos, y otras veces te acostás en mi sillón mientras prendés la tele. Tengo que dejar de soñarte,  ya sé. Pero es tan difícil convencerme... Es placentero tenerte a diario aunque sea en sueños, y sé que a mí y a ellos, nos sostiene una esperanza idiota que agoniza hace años, pero no muere. Un enamoramiento no dura tanto dicen, y vos venís durando mucho en mí. No aplicarías para enamoramiento y tampoco sos un amor platónico; de platónico entre vos y yo no queda nada. Y necesito definirte para poder contrarrestarte, pero aún no puedo. 

Como un adicto en recuperación, intenté sacarte de mi sistema, limpiarme de vos, rehabilitarme. Dejé de verte, de hablarte, me alejé de todos los lugares donde podía encontrarte. Seguí los 12 pasos del olvido y me repetí hasta el cansancio lo del "solo por hoy". Admití mi impotencia frente a vos, volví a creer en Dios y le pedí que me ayudara a olvidarte. Me obligué a buscarte defectos y los encontré a montones. Quise librarme de ellos pero después me resultaron irresistibles y empecé a coleccionarlos. Medité, lloré y te llevé a terapia; te puse en palabras para que ya no fueras hechos. Tantos intentos que hasta logré mis 28 días sin vos, casi una cura. Casi...

Porque te sigo pensando, te sigo soñando, y sigo eligiendo tus caricias por sobre todas las que otros pudieran darme. Y sí, habrá otras caricias y otros hombres, pero en cada uno voy a buscarte a vos, como siempre. Y no tendrán tu pelo, ni tus manos perfectas, ni tu metro ochenta y pico. No caminarán con tu paso, ni tendrán la espalda salpicada de lunares. No me abrazarán con tus brazos largos, ni murmurarán con acento cerrado palabras impronunciables en oraciones hilvanadas a la perfección. No serán vos, y posiblemente eso sea una ventaja para mí, pero no para ellos. 

Así que me rindo, al menos por ahora. Te declaro de una vez todo esto tal y como es mi costumbre, aunque vos reniegues o lo ignores, y te suelto. Porque eso que yo quiero, que no es tanto pero es demasiado, es que las palabras "mi amor" tengan por fin significado. Y si hay algo que aprendí en todos estos años es que el peor de tus defectos (y el preferido de mi colección) es que no puedas quererme. 



domingo, 15 de abril de 2012

La Salida



Apenas cruzaron la puerta, le pedí un minuto al oficial que me esperaba para buscar un abrigo antes de salir. Yendo al dormitorio, abrí la pequeña puerta del bargueño que está en el pasillo. Mi mano hurgó apurada entre las botellas hasta dar con una de sus cajas de cigarros negros sin filtro. Un segundo más tarde, sentí el cigarro entre mis labios, y el gusto amargo del tabaco suelto que se mezclaba con mi saliva, aún sin haberlo encendido.

Caminé rápidamente hasta el baño para enjuagarme la cara. Me miré en el espejo. Ví mis ojos hinchados, las ojeras azules y comencé a sentir la piel tirante mientras las últimas lágrimas se me secaban en la cara. Era una imagen desarmada de mí misma, con el cigarrillo apagado entre los labios y la mirada perdida. Qué había hecho.

Recordé su espalda al salir, las manos juntas detrás, las esposas, y me pregunté si sería aquella la última vez que lo vería. Llevaba puesta la camisa celeste a rayas que yo le había regalado para su último cumpleaños. Hacía ya algunos años que no me esforzaba más eligiendo su regalo. Recuerdo cuando cumplió treinta. Había recorrido todas las librerías de Buenos Aires buscando el tomo tres de la colección de Historia Universal por Sánchez Tolosa; el único tomo que le faltaba para completar la serie. Las ampollas en mis pies desaparecieron entonces casi inmediatamente, al ver su sonrisa satisfecha cuando desenvolvió el libro. Ahora la tediosa camisa celeste, impersonal y resignada, que había comprado en un local cualquiera de ropa masculina, me había mostrado el que quizás sería mi último recuerdo de él.

La casa ahora estaba en silencio. Los gritos y el llanto habían cesado por fin, pero yo todavía escuchaba el zumbido en mi cabeza.

Sabía de antemano que no pasaría de esa noche. Sentía en mi garganta ese nudo que no me dejaba tragar la comida que me había servido en el plato. Y todo sucedió como de costumbre. Nada anticipaba un final distinto al de cada noche. O quizás sería mejor decir que nada anticipaba un final, a pesar de la sensación de hartazgo que me acompañaba desde hacía tiempo.

Mientras esperaba sentada a la mesa, había escuchado el sonido de las llaves en la puerta. Estoy casi segura de que por algunos segundos el corazón había dejado de latirme. Luego, sus pasos cansados por el pasillo de la entrada y una vez más el teléfono celular sonando justo mientras entraba al living. Mis ojos, que lo siguieron desconfiados, lo vieron observar preocupado la pantalla iluminada del bendito teléfono y soltar violentamente el manojo de llaves sobre la mesa de café. Maldije mi suerte. 

Volví a verme en el espejo y abrí la canilla de agua fría, todavía tenía el cigarrillo apagado en la boca.  No tendría tiempo de fumarlo. Sabía que me esperaban afuera y tenía que apurarme. Lo solté, junté agua entre mis manos y hundí la cara en ella. Tenía la boca seca, hubiera necesitado tomar agua, pero al tiempo que lo intentaba sentía el estallido de dolor y escupía la sangre en el lavatorio.

Cerré la canilla y esta vez sí reconocí el silencio. Ahora podía escuchar desde el baño el tic-tac del reloj de la cocina. En el patio los perros ladraban. Me incorporé sobre la mesada del baño sintiéndome aliviada, y sin dejar de preguntarme qué había hecho. Me revolví el pelo como hacía cada vez que no podía pensar claramente y sin perder más tiempo, apagué la luz del baño y salí.

Hacía frío. Me envolví en mi saco de lana y caminé hacia la puerta, acompañando al oficial que me miraba con una mezcla de lástima y desprecio.

sábado, 14 de abril de 2012

Ellas



A ella le gusta todo lo que él escribe en Facebook. Es una obsecuente sexual, pienso yo sin saber muy bien qué quiero decir con eso. No me vas a decir que es necesario darle “me gusta” a cada cosa que él postea, ¡por favor! Me inunda la ira cibernética. Escupiría el monitor cada vez que veo su nombre debajo de sus estados, que de hecho no son estados, porque él nunca habla de sus estados. Tiene un grave problema para expresarse, pero él no es el tema. El tema son ellas. Ahí está ella toda rubia, bronceada y sonriente haciendo alguna acotación innecesaria. Ella es del grupo de las doradas, bañadas en sol y decolorante. Brillan en la oscuridad, sonríen ausentes, hacen girar cabezas adonde sea que entren. Y ella es de esas, de las que quitan el aliento, de las que paran el tráfico. Me brotan los celos, me carcome la envidia, y puteo ya no tanto por sus comentarios imposibles de leer, sino por su pelo rubio, largo, y sobre todo ajeno. Y él le da un “me gusta” a su foto, esa en la que el mechón le tapa un poco el ojo izquierdo, y se ven sus dientes blancos sobresalir en su cara dorada, y un cinturón de cuero le dibuja la cintura mínima. A él siempre le gustaron esas. Entonces me doy cuenta que no, no es sólo ella. Hay otra: esta es morocha, de rulos largos, sin una gota de maquillaje, natural… perfecta. Y detrás un paisaje, también perfecto. Parece que le hubieran prendido el ventilador de frente, porque en la foto sus rulos se elevan apenas, y ella parece de otro planeta. Flota. A él le gusta que flote. Se tomó el tiempo de elegir esa foto y dedicarle un piropo silencioso… un “me gusta”. ¡Arrrrggghh! Apagá el ventilador, sacale la escenografía y es igual a cualquiera que se sube al 86 a las cuatro de la tarde en Mataderos, pienso. Mientras me mira desde ahí esa otra, la aventurera con cara de nada, la que enfundada en su traje de buzo saluda a cámara, la que habla con la “ll” y la ye suavecitas, y a la que todo le parece “lindísimo”. Cara de nada. ¡Pero a él también le gusta! ¡Le gusta cara de nada! En un ataque de locura elijo mis mejores cincuenta y pico de fotos. Las subo todas una tarde hasta tener la mejor versión de mí misma que nadie alguna vez conoció. En algunas sonrío franca, abierta, generosamente. En otras miro para otro lado, displicente a propósito. Mi pelo vuela en algunas también y la escenografía colabora. En otras hasta me veo algo dorada, no tan rubia, pero brillo en la oscuridad. La mejor versión de mí misma. Lo llamo por teléfono, pronunciando la “ll” y la ye suavecitas, y le digo que el día está "lindísimo" para hacer algo. Él dice estar ocupado. Ay… dolor, dolor, dolor… Con el ego herido de muerte pero sin que se note, sonrío y le digo que no hay drama, que otro día, que me avise cuando él pueda. Y vuelvo a mi álbum de fotos perfectas y las repaso y todas se ven algo borrosas. Qué pelotuda, ¿por qué lloro? Ah, sí... Porque yo me pondría un “me gusta” en cada una de ellas, pero sólo quiero que a él le gusten inconteniblemente y él ni siquiera las mira. Sé que no me mira. Ni vuelve a llamar, ni le gustan mis fotos, ni le interesan mis estados, ni nada. Quisiera gritarle que no desaparecí, que estoy por todos lados, que ignorarme no implica hacerme desaparecer, que acá estoy, que lo espero, que me dijo que… Las miro de nuevo. Son ellas, pienso. Ellas; todas son una mejor versión de mí. Y a él le gustan ellas, todas. Y yo soy una sola y no puedo contra ellas.