sábado, 5 de octubre de 2013

Plan absurdo

Enamorarse le parecía el mas absurdo de los planes. Sin embargo esa mañana cuando despertó, sintió que era bastante posible que hubiera sucedido.

Hacía tiempo que había dejado de sentir alegría al pensar en alguien, y eso era para ella sinónimo de enamorarse. Estar enamorada era estar alegre, la hacía sonreír, cantar, sentirse llena de ganas de hacer cosas. Veía lejana la posibilidad de que volviera a suceder, aunque no perdía las esperanzas.

Fue por eso que a pesar de que todavía sentía algunos dolores antiguos y otros mas nuevos, se había dispuesto a dejarse sorprender cuando del otro lado de la pantalla él tipeaba unos cuantos numeros y la invitaba a cenar. Lo dudo un poco, no estaba acostumbrada a este sistema ni a los hombres concretos. Dejó pasar algunos días antes de responderle, hasta que finalmente se encontró escribiéndole un mensaje un Viernes por la noche.

Después, el encuentro. Natural, impensado. Fluyeron las palabras, las miradas, se dejaron ver, se vieron. Y entonces, así como había escrito en alguna parte alguna vez, volvió a creer que podía ser posible.

Decidió que iba a dejar de lado todas las posturas absurdas que conocía, que no iba a dejarse tentar por los mismos viejos errores, que se iba a permitir ser ella misma por una vez en la vida, pero esta vez la mejor versión de ella misma. Decidió también que iba a mirarlo siempre con ojos honestos, que le contaran quien era él. Decidió dejarse llevar y hasta volver a confiar. No había manera de no hacerlo cuando él la miraba con sus ojos transparentes y le mostraba toda aquella claridad. Supo de alguna manera que podía seguir sus impulsos, porque él la había tomado de la mano con firmeza y ella se había sentido segura.

Esa mañana cuando despertó y él fue su primer pensamiento del día sonrió y supo que el plan más absurdo estaba en marcha. Y se dispuso a disfrutarlo.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Desde que te perdí




El final de una relación no es un momento feliz, en la mayoría de los casos. Sin embargo esta canción es una canción feliz, aparentemente. Habla sobre lo que sucede al finalizar una relación de pareja, lo que le sucede a él: el protagonista de esta historia. La música, alegre y pegadiza, en un ritmo con reminiscencias de flamenco y olor español, mezclado con algo de canción popular uruguaya, nos invita a bailar y sonreír al mismo tiempo. Nos invita a festejar el final de esta relación, que aparentemente ha dejado al protagonista en una situación más que favorable. “Desde que te perdí, se están enamorando todas de mí” recita él al comenzar la canción, y así nos invita a imaginar un mundo en el que de repente él se ve libre y rodeado de mujeres que lo pretenden. No existe la tristeza ni la nostalgia por la mujer que perdió, no hay dolor por el final del amor y todo es un mundo de posibilidades que se abren ante sus ojos. Siente y disfruta de la libertad que antes no tenía e incluso pregona, es mucho más feliz que antes. Sin embargo, al terminar la canción, se sincera sobre lo que de verdad está sintiendo. “Desde que te perdí hago lo que me da la gana, desde que te perdí ya no tengo ganas de nada”… Entonces, uno se da cuenta que toda esa alegría no es más que una postura para ocultar lo que ya todos sabemos, que el final de una relación no es jamás un momento feliz.


Volver



Fin de las vacaciones. Resulta que volví a la facultad. Segundo cuatrimestre recién comenzado. Y entonces hay que volver a poner las neuronas en funcionamiento, o sea, mi parte preferida de estudiar. 

Empiezo a cursar Introducción a la Comunicación, y me cago en casi todas las teorías que existen sobre comunicación, pero ese es un tema aparte. Como tarea, para cada clase, debemos escribir una especie de reseña sobre una película, un libro y una canción que nos gusten... Y no sólo eso, también hay que explicar por qué nos gustan en unos pocos caracteres.

Facultad querida, me volvés a poner en este lugar que es el que más me gusta: el lugar en el que me siento a escribir por obligación, y con un placer inmenso. Porque nada me gusta más que escribir ¡y encima por obligación! Ya sé, suena a ironía, pero no lo es.

Así que aquí estoy yo, que estuve mirando mucho "Sex and the city", y me siento un poco Carrie Bradshaw, y ando con ganas de compartir algunas de esas pequeñas producciones que, como todo lo que encuentren en este blog, van a permitirles conocer parte de mí.

Aquí nomás, seguidito a este, largo el primero de estos posts. Ojalá les guste.

Victoria (parcial)




martes, 13 de agosto de 2013

Del amor al odio



- Soy discontinuo - le había dicho él en la última de sus apariciones, después de no haberse visto por cuatro meses. Discontinuo, pensó ella. Qué palabra de mierda para justificarse. Definite de otra manera al menos, de alguna manera un poco más honesta. Pero en vez de eso, le sonrió como sabiendo de qué hablaba y aceptó tácitamente su estupidez. - Regalate en un outlet, gil.- Eso le tendría que haber dicho. Pero siempre se le ocurrían demasiado tarde las mejores respuestas.

Muchas veces, igual que esa vez, había sonreído frente alguna de sus estúpidas frases para justificar su falta de presencia, de constancia, o al menos de algún tipo de consideración. Se acordó de "Bette Davis en el cuarto de baño". Entendió el odio de esa mujer, el asco que le producía ese hipócrita con el que se acostaba de vez en cuando. Se sintió igual, asqueada. 

Esta vez no se guardó ni un sólo insulto. No toleró ni una sola más de sus justificaciones imbéciles y cobardes. Se acordó de todas y cada una de las veces en que él la había maltratado. El maltrato, pensó, no es solamente un golpe o un insulto. El maltrato solapado de un señor con modales de Lord es aún peor.

Se había depilado, ansiosa por la idea de pasar con él la noche y él, como tantas otras veces, sin otra explicación más que "estoy de mal humor" o "tengo un mal día" había cancelado el encuentro. No importaba cuántos arreglos hubiera hecho ella para verlo, ni sus ganas, ni su alegría con sólo pensar en pasar con él un rato. La enfermaba que sólo él le produjera esa alegría ridícula y patética. Él, una vez más, había cancelado el encuentro tan esperado por ella; sólo por ella evidentemente.

Él siempre elegía los momentos de acuerdo a su conveniencia o a su estado de ánimo. Jamás había conocido a alguien tan egoísta y sin embargo, se había adaptado a cumplir con esas normas que él proponía. El acuerdo siempre fue: mientras a él le venga bien, cuando a él le venga bien, pero él prefería usar el plural para asegurarse que todo fuera claro, consensuado y sobre todo "honesto".

Ella era tan culpable como él de esa relación enfermiza y desigual. Estaba enamorada de un sorete, y no tenía remedio. Tenía temor de perderlo, no se imaginaba la vida sin verlo más. Aceptaba todo, incluso lo inaceptable. Arrastraba su dignidad y su amor propio cada vez que él la llamaba. Ahí estaba siempre, y se odiaba por no poder poner un límite a sus canalladas.

Estaba ahí cada vez que él tenía la necesidad de tenerla. No importaba para qué: el sólo hecho de que él la necesitara la hacía sentir importante, la llenaba de esa patética felicidad que se esfumaría en cuestión de horas. Pero ella pensaba que valía la pena.

Él estaba triste y confiaba en ella. Le contaba sus miserias e incluso se lamentaba por sus amores fallidos. Y ella lo abrazaba, le secaba las lágrimas y le decía cuánto lo quería.

Él estaba caliente y con ganas de cogérsela. Y se acercaba como un animal en celo, tirando frases que sabía surtirían efecto en su presa. Y ella le dedicaba horas de su cuerpo.

Él estaba melancólico, extrañaba los momentos de intimidad que sólo se tienen con una compañera, eso que hace tanto tiempo él había perdido. Y entonces ahí estaba ella, para compartir unos mates y una película tonta un domingo por la tarde.

Él tenía fantasías inconfesables, fantasías que sólo se atrevía a contarle y a proponerle a ella. Y entonces ella inventaba una femme fatal que pudiera satisfacerlo.

Y aún así, cuando ella no era más que para él, y sentía que cobraba vida sólo cuando estaba con él, el muy hijo de puta se le sentó enfrente esa tarde y le dijo: - yo nunca me imaginé con vos, no en un noviazgo-.

Se le llenaron los ojos de lágrimas. Pensó en todas las maneras posibles en que podía ofenderlo y si podía, también lastimarlo, pero en ese momento no pudo. Aguantó, se subió al auto y lloró como una criatura. Sola.

Pasados los días, el asco y la ira seguían dándole vueltas por el cuerpo. Y como había hecho otras veces decidió soltar la furia, herirlo adrede, y usó todas las palabras que conocía para eso. Temeroso quizás de alguna reacción hierve-conejos al estilo Glenn Close en "Atracción Fatal", él optó por borrarla de su vida. Ella se sintió capaz de hervir un conejo y más, pero era más inofensiva de lo que parecía.

Dolía, sí que dolía. Recordaba cada palabra, cada minuto que le había dedicado, y su displicencia e indiferencia como toda respuesta. Y sentía que la bronca le subía por el cuerpo y le estallaba en la garganta y en los dedos. No podía dejar de llorar ni de escribirle mensajes espantosos, de los peores que había escrito en su vida. Y eso que había sido cruel más de una vez. Cuando la herían aullaba como una hiena, y sentía que era capaz de convertirse en alguna especie de monstruo incontrolable. ¿De dónde provenía todo aquello? Se habían escapado todos sus demonios, se había transformado en esa hiena aullando herida, sin consuelo, sin remedio. Sintió que lo odiaba.

Todo ese amor y esa incondicionalidad que le había dedicado durante años se transformaron en la verdadera imagen de este hombre egoísta, desconsoladamente solo e incapaz de amar a nadie. Realismo puro. Y entonces no hubo regreso.

Se alegró por fin de no tener que tolerar más justificaciones porque ya tenía todas las respuestas que necesitaba. Él no era ni más ni menos que un hijo de puta.


martes, 6 de agosto de 2013

Here, there...

Ahí está él, y él es presencia. Me despiertan sus mensajes y con ellos también me voy a dormir. Él está y me está esperando. Quiere verme, me piensa. Me lleno de recuerdos y lo extraño. ¿Qué es lo que me mantiene acá y no salgo a buscarlo? Empezamos una historia que podría haber sido amor, y mis miedos lo entorpecieron todo. Sin embargo él no se fue. De alguna forma sigue ahí, y me pide una palabra, una sola que le permita volver. ¿Podré dársela? La tengo guardada. Miro de nuevo la pantalla del teléfono y ahí está. Lleno de ternura, algo ingenuo, poniendo la distancia prudente para que no vuelva a lastimarlo, pero siempre con esas ganas que se tienen de querer cuando todavía se cree en algo. No esperes nada, me dice. A mí, que no hago otra cosa que esperar. El primer beso perfecto, y las caricias que tanto necesitaba. Me llenó de todo aquello que yo pedía, quería y no tenía. Me dijo "me encantás" mirándome mientras yo dormitaba a su lado acostada en una cama cualquiera. Y yo acá, escribiendo. En vez de salir a encontrarlo. 


domingo, 28 de julio de 2013

Cruzar



Casi no pudo dormir esa noche. Estaba inquieta y pensativa, así que se declaró definitivamente insomne. Aceptó que la ansiedad iba a tenerla despierta y se relajó en el cansancio que no iba a poder remediar. 

Se levantó de la cama y caminó por la casa a oscuras, tratando de no tropezar con nada y atinó a prender alguna luz para no sentirse tan perdida, pero fue sólo un miedo tonto. En su casa se sentía increíblemente a gusto, esa casa que de a poco había convertido en suya decorando con recuerdos, festejos y muebles nuevos. Perderse en su propia casa no era posible. 

Buscó su atado de mentolados, prendió el primero y encendió la computadora. Escribir como indicación terapéutica, pensó. No había ansiolítico capaz de apaciguar sus pensamientos tanto como la escritura. Dudaba permanentemente de sus condiciones para hacerlo, sin embargo persistía. Y tenía incluso la ilusión de alguna vez publicar todo aquello que durante años fue sumando a un blog que alguien la inspiró a abrir. 

Esa noche, como tantas otras, sus pensamientos estaban puestos en él. En ese él que había conocido hacía unos pocos días. No era el mismo de siempre. Había llegado a conocerlo de una manera diferente, y quizás era eso lo que la mantenía despierta. De repente le encontró explicación a un sinfín de dudas que la habían hecho sufrir por años. Todo tenía su lógica en el dolor de él, en ese dolor profundo y enquistado que sin meditarlo, él se había atrevido a soltar todo de golpe frente a ella, para ella. 

El alivio que trae la comprensión es indescriptible. Sentir como todo se acomoda y cae en su lugar sin esperarlo. No eran explicaciones, no. No eran esas explicaciones que ella había reclamado tanto y tan brutalmente tantas veces. Era él, desnudo. Desprovisto de toda estructura, de toda coraza, de todo miedo.

No tenía remedio para su dolor. Podía escucharlo, entenderlo, decirle sin tapujos todo aquello que pensaba, serle honesta y frontal. Obligarlo a profundizar y a repensar por caminos alternativos todo aquello que él venía transitando siempre en un mismo sentido. Pero no podía hacer más que eso. Se sintió algo impotente, pero a pesar de ello, se dio cuenta de que en ese mismo momento en que él abría su corazón y le mostraba su lado más oscuro, la única opción que le quedaba era la de entregarse ella también. Para qué iba a seguir peleando contra su instinto, que no hacía más que empujarla hacia él. 

Y entonces, esa noche sentada frente a su computadora, tratando de poner en palabras todos sus pensamientos, decidió aceptar que estaba dispuesta, sea cual fuere el resultado, a atravesar ese puente para ver qué había del otro lado. Ese puente que sin querer habían construido juntos por años.  

No había un plan. Decidió deshacerse de toda estrategia, de todo cálculo y previsión. Si iba a hacerlo, iba a hacerlo a su manera. Y dejando atrás sus propios miedos y expectativas, le dijo naturalmente que lo quería. 

Él no salió huyendo espantado, no. Y con dulzura y sin apuro se preparó para al día siguiente, sentarse con él a almorzar frente al río, despojados de intenciones, para más tarde reencontrarse en la más absoluta confianza como base de todo.  Y le pareció que estaba bien.